martes, 10 de febrero de 2009

Sabores


En un caluroso día de julio de no me acuerdo que año divisé el monasterio cisterciense de Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) el undécimo día de comenzar en Navarra el Camino de Santiago, patrimonio histórico del alma. Me paré a las puertas, pregunté si me podían acoger y entré. El frescor y la humedad de siglos me reconfortaron. Flotaba en el aire una mezcla de vainilla, vino, miel y humanidad.
La paz verdadera que encontré entre esos muros no la he vuelto a saborear, algo parecido tal vez, quizás escuchando la colosal música para órgano de Bach mientras me abro camino por los senderos nevados, pero nunca con la carga de emotividad de aquel día.
La hermana encargada de recibir y aposentar a los peregrinos, era también la encargada de los fogones. Más tarde, al terminar de comer una suculenta carne en salsa con verduras del huerto, le pregunté sobre el secreto de tan deliciosa comida.
Mi madre me dijo una vez que el condimento para todo plato que se precie es el cariño.
La monja me respondió que el amor.
“Dios está en los pucheros”, escribió Teresa de Jesús.
Escuchar las campanas del monasterio, fundidas en bronces de otra época, a medianoche, es como una llamada certera al orden de la muerte, fría y serena.
Por paradójico que pueda parecer, nunca me he sentido mas vivo que entre los profundos legajos que la cristiandad nos dejó.
Si no tuviéramos tantos prejuicios con el tema religioso, saldríamos como locos a buscar estos reductos de la Europa mas auténtica que nos queda.

2 comentarios:

  1. Sé de lo que me hablas,por que tuve el priviliegio de poder pernoctar en el monasterio de San Millán de la Cogolla.
    Y que razón tienes,Jose,sobre que son los últimos reductos de la auténtica Europa:la Europa de raices cristianas,cuna de la libertad y de la civilización.

    ResponderEliminar
  2. Decía mí querido Andrés Aberasturi que a estas alturas contemplaba la vida “desde el arcén”; entendiendo esto como que él ya se había apeado de la carrera y que contemplaba a los demás corredores que se afanaban por competir unos con otros, desde una posición serena y reflexiva (o algo así).
    Creo que la paz que se puede encontrar en un sitio como el que describes: desde una atalaya privilegiada de sosegada quietud en un mundo con taquicardia. Puede servir para serenar el alma y para poder encontrarse a uno mismo, o para mirar la realidad con la distancia suficiente y templanza necesaria… o no; porque, no nos engañemos, son muy pocos los que pueden entregarse de por vida a este tipo de vida recogida intra-muros. Hay que tener una condición especial una pasta de anacoreta-Zaratustrense pera esta opción.
    Podría y desearía vivir la experiencia en momentos de necesidad de paz interior, como retiro espiritual pero creo que sólo podría en pequeñas diócesis…o no.
    Decían Talking Heads en la canción “heaven”: “el Cielo es un lugar donde nunca pasa nada”. No nos engañemos las cosas pasan en el día a día. La vida bulle y se retuerce en cada nacimiento y en cada muerte. De todas formas es necesario distanciarse de vez en cuando si nos es posible, y si es en un lugar santo de recogimiento aún mejor. Y si podemos degustar una buena comida condimentada con cariño y amor pues mejor que mejor.

    ResponderEliminar

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.